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jueves, 30 de abril de 2026

COMPARTIENDO JUNTOS



 LOS PROBLEMAS DE LA PRIMERA COMUNIDAD

 

Es algo similar a lo que hemos escuchado en la 1ª lectura: “al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea”. Hasta ahora, se nos había presentado una imagen idílica de la primera comunidad cristiana, como vimos el Domingo II de Pascua. Pero, aunque todos eran judeocristianos, había dos grupos: los de lengua hebrea, que provenían de Jerusalén, y los de lengua griega, que provenían de las comunidades judías establecidas en ciudades griegas, con diferente mentalidad. Esto, unido al crecimiento en número, produjo tensiones y conflictos internos. 
Era necesario buscar una solución, y los Doce convocaron “a toda la asamblea de los discípulos”, es decir, a todos los integrantes de la comunidad. Podemos decir que convocaron un ‘sínodo’, palabra que significa ‘caminar juntos’ y que designa las reuniones en las que se tratan asuntos relacionados con la Iglesia. Los Apóstoles tenían presente lo que Jesús les había dicho y hemos escuchado en el Evangelio: “Yo soy el camino y la verdad y la vida”. Y que, por ese camino que es Jesús, todos deben avanzar juntos, en sinodalidad, porque, como también hemos escuchado en la 2ª lectura: “Acercándoos al Señor, piedra viva… también ustedes, como piedras vivas, entran en la construcción de una casa espiritual…” 
Y esto sigue siendo no sólo válido sino necesario para los que hoy somos y formamos la Iglesia, tanto a nivel universal como diocesano y parroquial: como hemos visto, a menudo resulta difícil coordinarnos, parece que cada uno sigue un rumbo, y hay distanciamientos y tensiones. Por eso hemos de aprender de los primeros cristianos a vivir la sinodalidad: «es el camino que Dios espera de la Iglesia en este tercer milenio. No es una moda ni un método organizativo. Significa caminar juntos como Pueblo de Dios, escuchando la voz del Espíritu, discerniendo en comunidad y participando todos en la misión evangelizadora. Es, en esencia, un modo de relación. Este estilo de ser Iglesia nos invita a pasar del ‘yo’ al ‘nosotros’. La sinodalidad se fundamenta en la corresponsabilidad de todos los bautizados, que son sujetos activos de la misión y deben discernir su vocación bautismal».
La sinodalidad tiene un elemento básico que nos hace mucha falta: «la escucha de la Palabra y la escucha de la comunidad eclesial. La escucha de la palabra y de los otros es fundamental para el discernimiento personal y comunitario. Escuchar a todo el Pueblo de Dios nos ayudará, como Iglesia a tomar las decisiones pastorales que correspondan lo más posible a la voluntad de Dios». Necesitamos «aprender a escuchar, ser humildes y dejarnos transformar por el Espíritu».
Y como «la sinodalidad se fundamenta en la corresponsabilidad de todos los bautizados, que son sujetos activos de la misión y deben discernir su vocación bautismal», también necesitamos profundizar en la razón que dan los Doce para convocar la asamblea: “No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Escoged a siete de vosotros…” Esto, para nosotros, si queremos vivir la sinodalidad y evitar tensiones, es una llamada a la corresponsabilidad de todos los miembros de la comunidad parroquial, fomentando «una distribución más articulada de tareas y una mayor corresponsabilidad entre los ministros ordenados y los otros miembros del Pueblo de Dios, de modo que se evite caer en la tentación del clericalismo».

 

viernes, 24 de abril de 2026

Compartiendo juntos

 


NADA DE OVEJAS. SÍ DE BUEN PASTOR

 

 

 

Vivimos en un mundo de información envolvente. Aunque no queramos, aunque queramos evitarlo, aunque cerremos nuestros oídos y evitemos la mirada, la información es la que es. Son mensajes por los anuncios de la tv, por los anuncios de las redes sociales, por los anuncios de los periódicos. Es imposible olvidarse de tantas propuestas, de todo tipo, a veces contadictorias: unas veces sugerentes y otras hirientes.

Todas piden que les prestemos atención, porque tienen un producto fantástico o un remedio a nuestras necesidades o una forma nueva de afrontar la vida. También ¿por qué no?, una nueva propuesta filosófica, política o espiritual.

El evangelio es también una propuesta. A veces lo hemos convertido en información religiosa (que no llega al fondo de las cosas, que no cambia la vida del creyente); otras veces, mucho peor en una ideología (bien, conservadora haciendo del evangelio una justificación a nuestra vida, o bien progresista viendo en la buena noticia de Jesús un mensaje rupturista y rompedor). Es verdad que Jesús motiva, propone, suscita, hace que nos planteemos nuestra vida. Pero es verdad, sobre todo, que Jesús nos enseña el fondo más profundo de nosotros mismos, nuestra condición de hijos amados de Dios.

Jesús nos guía, protege y cuida. La relación del creyente con Jesús no puede ser la relación de un discípulo (por aventajado que sea), con la de su profesor; una relación académica que se limita a profundizar o desarrollar unos conocimientos. Menos aún puede ser la relación de un militante con la de un líder político o sindical.

En el evangelio se nos propone a Jesús como maestro y se nos invita a que lo sigamos; san Juan le llama el buen pastor y lo desarrolla: un pastor que nos conoce por nuestro nombre, que nos conduce por senderos tranquilos, que nos hace descansar, que no se aprovecha de nosotros. Más aún, nos previene de los ladrones que se acercan a nosotros no para darnos vida, sino para robar y matar.

Somos discípulos tras sus huellas. Volvamos al inicio de la reflexión: en un mundo de seductoras, cautivadoras y numerosas propuestas de todo tipo, que incluyen propuestas de sentido, ¿de quién nos podemos fiar?, ¿a quién seguimos? La Palabra de Dios hoy nos recuerda que Jesús es ese buen pastor que nos conduce sin manipulación, que nos protege sin violencia, que nos hace descansar sin que perdamos nuestra identidad. Jesús nunca nos engañará, ni nos confundirá, ni nos abandonará en medio de las tormentas. ¿cuál es la relación debida con él? La del discípulo que pone sus pies en las huellas del buen pastor.

viernes, 10 de abril de 2026

COMPARTIENDO JUNTOS.

 


NADA DE MIEDO

         Terminamos este domingo la Octava de Pascua. Y lo hacemos con un panorama nada satisfactorio: con puertas cerradas y con miedo. No solamente los primeros cristianos, sino muchas veces también nosotros. Y esa cerrazón, quizás venga muchas veces, porque la gente de la calle, la de a pié, no entiende nuestro lenguaje, nuestra jerga, nuestro vocabulario. Como nosotros no entendemos muchas veces el de la gente jóven. Toda esta semana hemos estado hablando de resurrección y mucha gente (incluso cristianos de pura cepa) no entiende ese lenguaje.

         Cuando Jesús se encuentra con los discípulos miedosos, es curioso cómo no les reprocha nada, sino que la paz es Dios mismo que nos invita a un compromiso valiente, que nos quita el miedo y nos empuja a salir de las dificultades; que demuestra que Dios está a nuestro lado y que el mal y la muerte no tienen la última palabra.

         Pero a su vez les, nos da el espíritu del perdón, espíritu que sigue creando vida. Espíritu que sigue soplando sobre nosotros y nos hace portadores de vida, porque cuando perdonamos llevamos al otro una nueva vida El perdón es creatividad y nueva creación de Dios.

         Pero Tomás se siente torpe y pasivo ante su amigo Jesús, no estaba en la comunidad; se siente culpable de lo que podía haber hecho y no hizo; siente que con Jesús muere el amigo y el mundo creado en su entorno: la vida en la que él había puesto toda su confianza.

       Jesús invita a Tomás a meter la mano en su costado, que quiere pruebas del milagro. Como si Jesús se prestara gustoso a sus condiciones, pero le confunde.  No se nos dice que Tomás metiera la mano en el costado de Jesús, sino que creyó, porque son mucho más importantes y eficaces para creer, el afecto y la condescendencia de Jesús que las pruebas objetivas. Lo que sana su tozudez y excepticismo, no son las llagas, sino la actitud de Jesús de dirigirse personalmente a él y afrontarle en su sintonía

Las llagas de Jesús demuestran su realidad, su vulnerabilidad, no es un fantasma. Nosotros borramos las heridas del tipo que sean para no recordar los  momentos traumáticos que las han producido. Jesús las mantiene, aunque le recuerden la humillación y el sufrimiento, porque son signos de amor y reconciliación para los discípulos. No cambian el pasado, pero sí el futuro

Sus heridas curadas dejan cicatriz, pero no rezuman amargura, sino luz. Perdonar no es olvidar, sino recordar de otra manera. Es difícil, olvidar ciertas cosas de nuestra vida, además no debemos olvidarlas, pero lo que nos constituye como personas reconciliadas es cómo sentimos y tenemos curados en nuestra memoria esos hechos sangrantes de nuestra vida. Necesitamos recordar para saber quienes somos, pero hacerlo de manera sana, reconciliada en nosotros.

Tenemos que recuperar sin miedo nuestra propia jerga: cuidar los espacios de oración, las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia que nos han iluminado a lo largo de la historia, compartir el pan de la Eucaristía, acordarnos de los que más lo necesitan... eso es lo que hacían los primeros Apóstoles, pero ¿nosotros?

 

martes, 10 de marzo de 2026

EL DIOS DE LOS FICHAJES



EL DIOS DE LOS FICHAJES

A los que les gusta el fútbol, saben que cuando llega junio es como los contratos de trabajo: todo el mundo anda pendiente si me llaman, si me renuevan, si sigo con el mismo horario, si voy a tener jornada completa, etc.. Y claro, sin hay bajas tiene que haber fichajes y además fichajes que salven nuestra situación como equipo. Y dependiendo del equipo, así fichamos.

Los que tenemos ya cierta edad y de pequeños jugábamos en la calle, sabemos que cuando teníamos una pelota y formábamos equipos, nunca escogíamos al que no nos caía bien, al que tenía un cierto volúmen, al que no le gustaba el fútbol... se escogía al mejor, al que mayor habilidades tenía, al que jugaba mejor y.. siempre había un equipo que siempre ganaba.

Cuento esto porque nos estamos ya acercando a Jerusalén, en ese caminar hacia la Pascua, hoy nos encontramos con el Dios de los descartes. Y lo comprobamos ya en la primera lectura, por boca del profeta Samuel, que elige al último de los hijos, al que estaba en el campo, al pequeño, al que no contaba para nadie.

Y es curioso que Jesús escoge a un ciego de nacimiento para uno de sus importantes milagros, a un hombre que no contaba para nadie y que además nadie le hacía caso.

En la vida no nos iliusiona el estar con perdedores, ni con gente que no conocemos. Nos gusta el postureo, seguir a los guapos y a los ricos, a los famosos en las redes sociales. Si una persona, en su negocio, gana millones de euros, lo ponemos como modelo a seguir, como ejemplo y como meta.

Pero llega Dios y nos cambia las reglas. No quiere que las personas sigan estando en la miseria y en el olvido. No quiere que los pequeños sean invisibles, no le gusta que siempre se elija a los mismos. Y es que el fuerte no necesita ayuda, el listo no necesita pistas, el perfecto no necesita nada, ni a Dios si quiera. Por eso Dios no potencia al primero.

Dios ayuda al último para que coja ritmo, para que no se descuelgue, para que sepa que es parte de un equipo ganador que es el género humano. Dios elige a los últimos para enseñarnos que el amor vale más que el éxito o el dinero. Nadie elige a su madre o a su padre por el trabajo que tiene. Una madre o un padre no es ni mejor ni peor por el sueldo que gana... sino que tenemos a una madre y. a un padre y este nos quiere como somos.

Dios siempre elige a nosotros para jugar: ganemos o perdamos.

viernes, 19 de diciembre de 2025

EL GRAN JOSÉ DE LA HISTORIA

 


EL GRAN JOSÉ DE LA HISTORIA

 

Hemos visto como a lo largo del adviento hemos recordado a unos cuantos personajes que nos han ayudado a recorer este camino para llegar a la Navidad. Hemos visto a Juan, hemos visto a María... hoy le toca el turno a José. Un hombre del que en la Biblia no se habla mucho, pero que además no entiende nada: espera un hijo que no es suyo y hace lo que haría cualquier hombre en su lugar: desistir, abandonar, huir de los problemas... no quiere saber nada y eso que era una buena persona... Pero Dios le piede algo más que ser una buena persona... Pide ser creyente, creer en él.

Ante el desconcierto de José, Dios le pide tres cosas: confiar en Dios (en un sueño), hacer lo que debe hacer (cuidar de María y de su hijo) y no tener miedo. Nada más y nada menos. Es lo mismo que le pide a María..

Y cuando José despierta no grita, no ignora el sueño com si fuera una pesadilla, no protesta, no se pone a discutir... Acepta lo que viene. Y es que en la Navidad parece que todo el mérito se lo lleva María, cuando vemos que José es también un actor principal. Viendo a José, muchas veces nos vemos reflejados en él. Nosotros, cuando las cosas no nos salen como nosotros queremos, nos ponemos a protestar, a quejarnos, a decir barbaridades.....José nos enseña el valor del silenciio, de la fe, de la aceptación de las cosas como son.

La acttud de José, me enseña que la Navidad es un sueño que puede hacerse realidad si yo cumplo mi parte; la navidad es una decisión silenciosa, ya que José no dice nada, simplemente hace caso a Dios; la Navidad es también una aparente confusión de metas, ya que José quería casarse con María y decide abandonarla hasta el sueño; Navidad es aceptar que Dios sabe lo que hace, por mucho que yo crea que debería de hacerlo de otra manera.

A nosotros nos toca acoger y aceptar el regalo que es Dios en medio de nuestras casas y de nuestras cosas, hacer lo posible para que esté presente en medio de la vida de las personas que están cerca de nosotros y de aquellas a las que cada uno nos acercamos para hacer posible que vivamos con dignidad y que sientan gratamente que forman parte de nuestra comunidad y que compartimos lo que somos y tenemos cada uno. Además hacemos posible que nadie nos sintamos ajenos a los gozos y esperanzas de las personas de nuestro tiempo y de nuestro espacio.

Mucho tenemos que aprender del bueno de José, del carpintero, del que siempre estuvo metido en la biruta y con las herramientas en la mano;  el silencio de un hombre que seguro que como tal fue respetado y admirado por los vecinos. María no pudo haber conseguido mejor pareja y Dios seguro que no encontró otro padrre mejor para su hijo.

El verbo ‘obedecer’ deriva del latín y está compuesto del prefijo «ob» (hacia) y «audire» (oír). Su sentido original es ‘saber escuchar’, y más tarde fue derivando hacia ‘cumplir una orden’ o ‘hacer caso’.Ojalá que todos tengamos la valentía de saber escuchar; de saber aceptar aquello que no entendemos; de saber decir que sí a Dios aún no entendiendo el por qué.

viernes, 7 de noviembre de 2025

MI QUERIDA IGLESIA, ESA IGLESIA MÍA, ESA IGLESIA NUESTRA

 


MI QUERIDA IGLESIA, ESA IGLESIA MÍA, ESA IGLESIA NUESTRA

 

Seguro que si a los más jóvenes les pregunto que quien era Cecilia, muchos de ellos me dirán que no la conocen. Claro, murió en 1976. Se caracterizaba por una voz melosa, pero que encandilaba a los jóvenes de aquella época. Una de sus canciones, referida a España, es lo que da título a mi aportación de esta semana. Con su permiso, y aprovechando el día de la Iglesia diocesana, quiero hacer un guiño a mi querida iglesia, a esa Iglesia mía, a esa Iglesia que es de todos.

Una Iglesia santa, pero que muchos también la han calificado de pecadora, porque los hombres y mujeres que en ella están, no son perfectos y cometen fallos. Algunos graves, otros no tanto, pero que muchos tienen la capacidad de caerse y levantarse y poder continuar en el camino de la vida. Nuestra Iglesia, es una familia, la de nuestra Diócesis, en medio del Atlántico, casi a la buena de Dios, pero a la que llegan infinidad de gentes que tienen las mismas ilusiones que nosotros. Algunos pueden pensar que somos la suma de una inmensa cantidad de parroquias o de movimientos aislados que tienen su repercusión en la sociedad, pero en realidad somos una sóla Iglesia unida en la fe, en la esperanza y en el amor.

Vivimos en un mundo marcado, a veces, por el odio, el dolor, el rencor, la guerra, el hambre.. y nosotros, como Iglesia, estamos llamados a ser signos visibles de uidad en medio de este mundo dividido. Nuestras parroquias, nuestros movimientos, tienen una misión y un valor irremplazable. «Tú también puedes ser santo»: ¡qué profundo anhelo y reto el que nos queda!. La santidad como modelo ante un mundo cada vez más secularizado.

Pero si algo tiene que caracterizar a nuestra Iglesia es el amor a los más desprotegidos, a aquellos que menos cuentan en el mundo de hoy. Si algo caracteriza a nuestra iglesia tiene que ser la caridad, una Iglesia en salida que sale al encuentro de los demás, de los pobres, de los que se sienten lejos, de los que sufren. La Iglesia diocesana tiene que hacerse presente como rostro de Cristo servidor. Por ello, el día de la Iglesia Diocesana tiene que ser el espejo de la solidaridad: sostenemos a los que menos tienen, a los que menos pueden llegar a la meta establecida. Quizás Jesús también nos tiene que dar con el látigo del empujón, de espabilarnos, de menearnos para que seamos capaces de dar razón de nuestra fe.

Pero también nuestra Iglesia tiene que ser misionera, evangelizadora, una Iglesia en salida, una Iglesia que anuncia con alegría, que acompaña con ternura y que camina junto a su pueblo. Nuestra Iglesia diocesana tiene que ser una Iglesia que escucha, acoge, acompaña y evangeliza desde la cercanía. Es un día para reconocer y valorar a todos aquellos que gastan y desgastan su tiempo para otros con el compromiso de la Iglesia. Es una pena que, a veces, no sintamos a la Iglesia como algo nuestro, de casa, que camina con nosotros.... es una pena que veamos en la Iglesia simplemente en los defectos – que los tiene – y no reconozcamos a la cantidad inmensa de gente que desde su compromiso evangélico trabaja en esta maravillosa familia que llamamos Iglesia.

El día de hoy tiene que suponer un reto para todos nosotros, para que seamos capaces de ver cuál es nuestro papel en nuestra familia eclesial. 

Feliz día de la Iglesia Diocesana a todos. Feliz día de nuestra Iglesia.

 

Hasta la próxima

Paco Mira

martes, 14 de octubre de 2025

COMPARTIENDO JUNTOS

 


LOS CHISMOSOS DE DIOS

 

Hace años que escuché esta afirmación y si bien en un principio no me gustaba mucho, dándole vueltas pues pensé que hasta no estaba mal del todo. Es verdad que si uno va a la RAE, la acepción de chisme, no es muy halagüeña, es más bien peyorativa; pero si entendemos por chisme lo que se cuenta de otro, pero para bien, quizás la frase no sea tan mala.

Hablar de Dios no es fácil, pero para muchos, tampoco es demasiado complicado. Lo interesante es que nuestro interlocutor, el que nos escucha sea capaz de entender lo que queremos transmitir y eso es lo complicado. Francisco de Asís le decía a sus frailes “y si es necesario díganlo con palabras”. El testimonio, el ejemplo, la vivencia.. son más importante que las palabras. 

Quiero creer que eso es un misionero: la persona que habla de Dios, que chismorrea de Dios, que comunica algo de Dios y que lo hace a través de su vida. Quiero traer a la memoria a los más de cincuenta misioneros canarios que repartidos por todo el mundo, hablan de Dios con sus vidas. Hombres y mujeres que desde su experiencia, desde la experiencia de oración como nos hablan las lecturas de este fin de semana, son capaces de chismorrear de Dios incluso y si hace falta con palabras.

Recuerdo que una vez, en la radio, le pregunté a un misionero que qué es lo que le había llevado a irse tan lejos para anunciar la palabra de Dios y él me respondió: Dios. Hay veces que el convencimiento de lo que hacemos no tiene una explicación racional de aquello que hacemos, pero sí estamos motivados por aquello de lo que estamos convencidos. Hombres y mujeres que abandonando su casa, sin volver la vista atrás, han dejado su familia.. y son capaces de seguir anunciando que el mensaje de Jesús merece la pena.

En un mundo donde el odio y la violencia tienen entrada gratuita y hasta algunos los ven con buenos ojos, los misioneros surgen como esperanza entre los pueblos. Un mundo falto de esperanza o cuando esta aparece es muy efímera, sin embargo hay gente que, convencida de ella, lucha hasta el final porque la esperanza es lo último que se pierde. Ellos no la pierden. 

Me quiero acordar de todos aquellos que han dejado su vida en el intento; me acuerdo de los que sufren, pero no arrojan la toalla; me acuerdo de los que viven en condiciones infrahumanas pero siguen esbozando una sonrisa esperanzadora; me acuerdo de tantos y tantos nombres que pasarán a la historia por entregar su vida en favor de los demás.

A veces pensamos nosotros que no podemos hacer nada. Nosotros también estamos en tierra de misión; hemos de ser chismosos de Dios, habladores de Dios, comunicadores de Dios. Hemos de ser los instrumentos de los que Dios se vale, para anunciar que su mensaje merece la pena: en el trabajo, en la familia, con los amigos, con todos aquellos que nos rodean.

No nos olvidemos de orar por ellos. De pedirle al Padre que los proteja y los cuide; que suscite más chismosos suyos y sobre todo de darle gracias por la labor que hacen.

 

Hasta la próxima

Paco Mira

viernes, 13 de junio de 2025

TODO AMOR ES UN MISTERIO

 


TODO AMOR ES UN MISTERIO

 

 

Muchos hemos oído desde pequeños la frase ‘Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando’, creyendo que era el lema de los Reyes Católicos, aunque no es así; ‘Tanto monta’ era sólo una abreviatura de la divisa Fernando el Católico. Pero la frase pasó a la cultura popular dándole un significado: que en un grupo humano, da igual quien hable o haga las cosas, porque todos tienen la misma autoridad; o bien que no importa el orden o la forma en que se hagan las cosas, porque el resultado final será el mismo.   

Hoy, una vez finalizado el tiempo de Pascua, celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad. A menudo, cuando pensamos en la Santísima Trinidad, la vemos como una especie de rompecabezas, en el que debemos encajar el Tres en Uno y el Uno en Tres; tampoco nos sirven de mucho los necesarios argumentos teológicos que muestran la razonabilidad de la afirmación del Dios Uno y Trino, porque superan la capacidad de entendimiento del común de la gente.

Pero debemos y necesitamos conocer cada vez mejor a Dios, porque de la idea e imagen que tengamos de Él dependerá el tipo de relación que tendremos con Él.

En el Evangelio hemos escuchado que Jesús decía del Espíritu Santo: “no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye… porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará”. Jesús amplía el Misterio de Unidad, incluyendo al Espíritu Santo, que no actúa “por cuenta propia”, de forma independiente, sino en total unión con el Padre y del Hijo. 
La celebración del mayor misterio de nuestra fe, la Santísima Trinidad, nos invita a afirmar: ‘Tanto monta, monta tanto, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo’. Como diremos en el Prefacio, son «tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en dignidad». Son Tres Personas distintas que comparten el ser Dios, y en ese ‘ser Dios’, las Tres son iguales en su dignidad, no hay Uno más que Otro.

A lo largo de los siglos, los teólogos se han esforzado por investigar el misterio de Dios ahondando conceptualmente en su naturaleza y exponiendo sus conclusiones con diferentes lenguajes. Pero, con frecuencia, nuestras palabras esconden su misterio más que revelarlo. Jesús no habla mucho de Dios. Nos ofrece sencillamente su experiencia.

A Dios Jesús lo llama “Padre” y lo experimenta como un misterio de bondad. Lo vive como una Presencia buena que bendice la vida y atrae a sus hijos e hijas a luchar contra lo que hace daño al ser humano. Para él, ese misterio último de la realidad que los creyentes llamamos “Dios” es una Presencia cercana y amistosa que está abriéndose camino en el mundo para construir, con nosotros y junto a nosotros, una vida más humana.

Jesús no separa nunca a ese Padre de su proyecto de transformar el mundo. No puede pensar en él como alguien encerrado en su misterio insondable, de espaldas al sufrimiento de sus hijos e hijas. Por eso, pide a sus seguidores abrirse al misterio de ese Dios, creer en la Buena Noticia de su proyecto, unirnos a él para trabajar por un mundo más justo y dichoso para todos, y buscar siempre que su justicia, su verdad y su paz reinen cada vez más en entre nosotros.

Por otra parte, Jesús se experimenta a sí mismo como “Hijo” de ese Dios, nacido para impulsar en la tierra el proyecto humanizador del Padre y para llevarlo a su plenitud definitiva por encima incluso de la muerte. Por eso, busca en todo momento lo que quiere el Padre. Su fidelidad a él lo conduce a buscar siempre el bien de sus hijos e hijas. Su pasión por Dios se traduce en compasión por todos los que sufren.

Por eso, la existencia entera de Jesús, el Hijo de Dios, consiste en curar la vida y aliviar el sufrimiento, defender a las víctimas y reclamar para ellas justicia, sembrar gestos de bondad, y ofrecer a todos la misericordia y el perdón gratuito de Dios: la salvación que viene del Padre.

Por último, Jesús actúa siempre impulsado por el “Espíritu” de Dios. Es el amor del Padre el que lo envía a anunciar a los pobres la Buena Noticia de su proyecto salvador. Es el aliento de Dios el que lo mueve a curar la vida. Es su fuerza salvadora la que se manifiesta en toda su trayectoria profética.

Este Espíritu no se apagará en el mundo cuando Jesús se ausente. Él mismo lo promete así a sus discípulos. La fuerza del Espíritu los hará testigos de Jesús, Hijo de Dios, y colaboradores del proyecto salvador del Padre. Así vivimos los cristianos prácticamente el misterio de la Trinidad.

 

 

 

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 

 

sábado, 7 de junio de 2025

POR FAVOR ESPÍRITU, VEN

  


POR FAVOR ESPÍRITU, VEN

 

 

Vivimos en una sociedad donde quizás lo más significativo sea su carácter paradójico y hasta contradictorio.

Hemos aprendido a prolongar la vida con toda clase de técnicas, pero no acertamos luego a darle un contenido y un sentido satisfactorio.

Hemos logrado elevar el nivel de bienestar pero son cada día más los que experimentan una sensación difusa de vacío y malestar.

Se han multiplicado nuestras relaciones y contactos a través de toda clase de medios de comunicación y, sin embargo, crece la experiencia de aislamiento y soledad de muchas personas. Nuestra sociedad está cada vez más poblada de gentes solitarias que buscan desesperadamente amarse, sin conseguirlo.

Hemos aplicado la racionalidad y la técnica a todos los sectores de la vida, pero crece en el mundo lo irracional, la explotación absurda, la violencia y la destrucción. Quiero y deseo compartir  que venga el espíritu de Dios.

Ven Espíritu Creador e infunde en nosotros la fuerza y el aliento de Jesús. Sin tu impulso y tu gracia, no acertaremos a creer en él; no nos atreveremos a seguir sus pasos; la Iglesia no se renovará; nuestra esperanza se apagará. ¡Ven y contágianos el aliento vital de Jesús!

Ven Espíritu Santo y recuérdanos las palabras buenas que decía Jesús. Sin tu luz y tu testimonio sobre él, iremos olvidando el rostro bueno de Dios; el Evangelio se convertirá en letra muerta; la Iglesia no podrá anunciar ninguna noticia buena. ¡Ven y enséñanos a escuchar sólo a Jesús!

Ven Espíritu de la Verdad y haznos caminar en la verdad de Jesús. Sin tu luz y tu guía, nunca nos liberaremos de nuestros errores y mentiras; nada nuevo y verdadero nacerá entre nosotros; seremos como ciegos que pretenden guiar a otros ciegos. ¡Ven y conviértenos en discípulos y testigos de Jesús!

Ven Espíritu del Padre y enséñanos a gritar a Dios "Abba" como lo hacía Jesús. Sin tu calor y tu alegría, viviremos como huérfanos que han perdido a su Padre; invocaremos a Dios con los labios, pero no con el corazón; nuestras plegarias serán palabras vacías. ¡Ven y enséñanos a orar con las palabras y el corazón de Jesús!

Ven Espíritu Bueno y conviértenos al proyecto del "reino de Dios" inaugurado por Jesús. Sin tu fuerza renovadora, nadie convertirá nuestro corazón cansado; no tendremos audacia para construir un mundo más humano, según los deseos de Dios; en tu Iglesia los últimos nunca serán los primeros; y nosotros seguiremos adormecidos en nuestra religión burguesa. ¡Ven y haznos colaboradores del proyecto de Jesús!

Ven Espíritu de Amor y enséñanos a amarnos unos a otros con el amor con que Jesús amaba. Sin tu presencia viva entre nosotros, la comunión de la Iglesia se resquebrajará; la jerarquía y el pueblo se irán distanciando siempre más; crecerán las divisiones, se apagará el diálogo y aumentará la intolerancia. ¡Ven y aviva en nuestro corazón y nuestras manos el amor fraterno que nos hace parecernos a Jesús!

Ven Espíritu Liberador y recuérdanos que para ser libres nos liberó Cristo y no para dejarnos oprimir de nuevo por la esclavitud. Sin tu fuerza y tu verdad, nuestro seguimiento gozoso a Jesús se convertirá en moral de esclavos; no conoceremos el amor que da vida, sino nuestros egoísmos que la matan; se apagará en nosotros la libertad que hace crecer a los hijos e hijas de Dios y seremos, una y otra vez, víctimas de miedos, cobardías y fanatismos. ¡Ven Espíritu Santo y contágianos la libertad de Jesús!

 

 

 

 

Hasta la próxima

Paco Mira

viernes, 23 de mayo de 2025

LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO

 


LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO

 

 

No hace mucho, todo el mundo desde la tristeza de la despedida del Papa Francisco, esperaba con expectación la llegada de uno nuevo. Se hacían conjeturas sobre el nombre: nos íbamos a Asia, nos quedamos en Italia, alguno deseaba que fuera alguien del continente hermano de Africa. Y al final nos fuimos a Norteamérica, a un misionero, a un agustino cuyo fundador dijo Ama y haz lo que quieras, un hombre de raíces españolas... un León que tiene que rugir en la selva de la vida y que el primer deseo que tuvo, sus primeras palabras fueron: deseemos la paz y contruyamos puentes.

¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué fracasa una y otra vez el diálogo? ¿Por qué se vuelve una y otra vez al enfrentamiento y a la agresión mutua? ¿Por qué se ponen tantos obstáculos a la concordia? Una cosa es cierta: No cualquier persona puede sembrar paz, solo quienes poseen paz pueden ponerla en la sociedad. Con el corazón lleno de resentimiento, de intolerancia, de dogmatismo, se puede movilizar a algunos sectores; con actitudes de prepotencia, de hostilidad, de agresión, se puede hacer política y propaganda electoral, pero no se puede aportar verdadera paz a la convivencia de las gentes.

Nos falta paz porque nos faltan hombres y mujeres de paz. Quienes la poseen en su corazón la llevan consigo y la difunden. Jesús nos dice: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde». Mucha gente tiene hambre de Jesús y de su paz. Estamos llamados a ser una Iglesia en salida, caminando juntos, en sinodalidad, hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio, con cristianos que acojan el Espíritu de Dios, no pierdan la paz y la siembren.

Cuando en la iglesia se pierde la paz no es posible recuperarla de cualquier manera ni sirve cualquier estrategia. Es necesario convertirnos humildemente a su verdad, movilizar todas nuestras fuerzas para desandar caminos equivocados y dejarnos guiar por el Espíritu de Dios.

Son muchos los conflictos que sacuden nuestra sociedad. Además de tensiones y enfrentamientos que se producen entre personas y en el seno de las familias, graves conflictos de orden social, político y económico impiden entre nosotros una convivencia pacífica. Para resolver los conflictos hemos de hacer siempre una opción: o escogemos la vía del diálogo y del mutuo entendimiento o seguimos los caminos de la violencia y del enfrentamiento. Por eso, muchas veces, lo más grave no es la existencia misma de los conflictos, sino que una sociedad  termine creyendo que los conflictos solo se pueden resolver por la imposición de la fuerza.

A veces pensamos que los conflictos de dan fuera: ¡cuántas peleas no hay en nuestras comunidades parroquiales!¡cuánto afán de protagonismos que lleva al enfrentamiento con otros miembros de la comunidad. “en esto conocerán que son mis discípulos: que se aman los unos a los otros”. ¡cuántos codazos nos damos para llegar a los primeros lugares y a veces ponemos hasta zancadillas para que el otro no llegue primero que yo.

Vivamos y enseñemos nosotros el valor del respeto, el amor capaz de asumir toda diferencia, la prioridad de la dignidad de todo ser humano sobre cualesquiera que fueran sus ideas y su procedencia en el origen, incluso respetemos, como decía el Papa Francisco, su propio pecado.

Los grandes santos fueron hombres y mujeres de Dios, pero también de gran compromiso solidario y cuando decimos que son hombres y mujeres de Dios, queremos decir que son hombres y mujeres que aúnan la oración y el servicio a los demás, especialmente a los pobres.

 

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 

 

viernes, 9 de mayo de 2025

¿ES LO MISMO OIR QUE ESCUCHAR?

  


¿ES LO MISMO OIR QUE ESCUCHAR?

Vaya por delante, mi felicitación a León XIV. Volvemos a reavivar el sentido de la Iglesia con el mundo del trabajo. Ojalá que San Agustín le ayude y le acompañe en su pontificado y que su cercanía sea el santo y seña de la Iglesia en un mundo en el que Dios quiere hacerse hueco.

Que vivimos en un mundo invadido por el ruido, eso no lo niega nadie. No hace mucho la sociedad estatal de ornitolaringología española, decía que enun plazo de 40 años, los españoles habíamos perdido un 12% de la audición. Y lo habíamos perdido porque ante tanta y atronadora información, no escuchábamos y lo sustituíamos por el grito, para que los demás pensando que eran como nosotros, también les gritamos.

Somo víctimas de una lluvia tan abrumadora de palabras, voces y ruidos que corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para escuchar la voz que necesitamos oir para tener vida. ¿Cómo puede resonar en esta sociedad las palabras de Jesús que leemos hoy en el evangelio y que dicen: «mis ovejas escuchan mi voz... y yo les doy la vida eterna». Apenas sabemos ya callarnos, estar atentos y permanecer abiertos a esa Palabra viva que está presente en lo más hondo de la vida y de nuestro ser, como para escuchar su voz.

Convertidos en tristes teleadictos nos pasamos horas y más horas sentados ante la tele, recibiendo pasivamente imágenes, palabras, anuncios y todo cuanto nos quieran ofrecer para alimentar nuestra trivialidad. Según estudios realizados, son mayoría los que ven de dos a tres horas diarias de televisión, lo cual significa que cuando hayan cumplido 65 años habrán estado 9 años consecutivos ante el televisor.

Envuelto en un mundo trival, tan evasivo y deformante, el teleadicto sufre una verdadera frustración cuando carece de su alimento televisivo. No hay más que verlo cuando se nos va la luz, que no sabemos lo que hacer. Necesita una pequeña pantalla llena de colores, que se convierte con frecuencia, en una pantalla en sentido literal y estricto ante el individuo y la realidad. Ya no vive desde las raíces mismas de la misma vida. Apenas escucha ya otro mensaje, sino el que recibe a través de las ondas.

El hombre contemporáneo necesita urgentemente recuperar el silencio y la capacidad de escucha si no quiere ver su vida y su fe ahogarse progresivamente en la trivialidad. Necesitamos estar más atentos a la llamada de Dios, escuchar la voz de la verdad, sintonizar con lo mejor que hay en nosotros, desarrollar esa sensibilidad interior que percibe, más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar vida a nuestra vida.

Los evangelizadores tienen que tener olor a oveja y éstas escucharán su voz. Las ovejas, a través de las palabras del pastor bueno necesitan poder escuchar la voz del Buen Pastor. Lo que cambia el corazón del hombre y lo convierte no son las palabras, las ideas y las razones, sino la escucha sincera de la voz de Dios.

Esa escucha sincera de Dios que transforma nuestra sociedad interior en comunión vivificante y fuente de nueva vida. Es por tanto una invitación a la confianza. Las ovejas confían en el Pastor y el pastor en sus ovejas. Y la confianza es la garantía de nuestro vivir diario, que ha de ser siempre ensalzado con nuestra relación personal con él, en medio de las dificultades y contrariedades que se puedan presentar en el camino de nuestra vida. La promesa de Jesús es clara: nadie las arrebatará de mi mano, no perecerán para siempre y yo les doy la vida eterna.

No tengamos miedo a que Dios nos conozca. El Buen Pastor cuida siempre de sus ovejas y cuando nos descarriamos sale a buscar a la oveja perdida.El conoce nuestra psicología, nuestras limitaciones, nuestro pecado profundo, pero no nos condena. El Buen pastor nos recoge y nos lleva al aprisco. El Buen Pastor nos guía hacia las lejanías silenciosas en las que intuímos a Dios.

 

 

 

Hasta la próxima

Paco Mira

 

sábado, 19 de abril de 2025

HOY RESUCITÓ JESÚS

 

HOY EL SEÑOR RESUCITÓ




Ayer enterramos a Jesús, en un sepúlcro que le dejaron. Allí acudieron unas mujeres para que no le faltara ningún detalle, ni nigún cuidado a un cadáver muy descuidado.

El Viernes Santo, ayer, decíamos que Jesús en la Cruz nos invita a permanecer ante las cruces y los crucificados. Mirábamos tambíen a aquellos que tienen como sepúlcro la inmensidad del mar, tras caer abatidos en pateras de injusticia. Los arriesgados del mundo que con el deseo de vivir y de poder dar vida a otros, se lanzan a la aventura de un mar de turbulencias. Vienen con la dignidad de lo humano, con el deseo de la vida y se encuentran con lo indigno del fracaso, del abuso y con la muerte no deseada.

Pero no sintiéndonos defraudados en nuestras esperanzas sino con paciencia, confiando en que Dios cumple en Jesucristo su promesa: la salvación para cada uno, para la Iglesia, para toda la humanidad. Ésa es la esperanza cristiana que brota de Jesús en la Cruz. Y hoy estamos celebrando que, como indica el título de la Bula de convocatoria del Papa en el Jubileo 2025, esa esperanza no defrauda. Cuando el evangelio nos invita a estar vigilantes, a no dormirse y a estar despiertos, se refiere a los signos del amor.

El testimonio de la resurrección pasa por el grito constante de la visión de esos signos, porque no se enciende una vela para ocultarla. La luz de los que aman ha de estar siempre en el candelero y no para presumir, sino para que otros puedan ver bien, y hacer posible el mandamiento de «amar como él nos ama». Yo, si me lo permiten, destacaría algunos signos de ese amor.

Recuperar la esperanza de la vida, la vida como paternidad y maternidad responsable. Es un signo de amor y resurección porque es un motivo de esperanza, porque depende la esperanza y produce esperanza y la esperanza no defrauda como dice el Papa Francisco.

Los jóvenes y sus ideales. Son ellos los que están en el momento de mayor esperanza, los que con frecuencia ven que sus sueños se derrumban. No hay nada más triste que un joven sin esperanza. Ojalá que la resurección sea en la Iglesia una ocasión para estimularlos, que tengamos tiempo para estar cerca de ellos que son la alegría y la esperanza de la Iglesia y del mundo.

Esperanza para los migrantes: cada vez más suena atronador el grito de aquellos que dejan su tierra, su familia, sus raíces... en busca de un cielo nuevo y una tierra nueva, como lo hizo el pueblo de Israel. Hemos de liberarnos de prejuicios y cerrazones y caminar por la via de la acogida y de los brazos abiertos. Abramos las puertas de nuestras comunidades para que a nadie le falte la esperanza de una vida mejor.

Esperanza para los pobres. Los pobres son los que más esperanza necesitan y se merecen. No podemos apartar la mirada ante situaciones como las que se viven en ciertas partes del mundo. Pobres que muchas veces no están muy lejos de nuestra casa: problemas de vivienda, de salud, de comida... En ellos el resucitado nos muestra las heridas del crucificado para revelarnos que se identifica con ellos.

Esperanza para los mayores y su soledad. Frente a la soledad abandono y tristeza de los ancianos estamos llamados a una nueva mirada de cuidados y ternura con respecto a ellos. Hemos de valorar el tesoro que son y su experiencia

de vida. Ellos han sido transmisores de la fe y de la sabiduría para nosotros. En ellos encontramos arraigo, comprensión y aliento.

Esperanza en la casa común. Es necesario que aquellos que poseen riquezas, sean generosos reconociendo el rostro de los hermanos que pasan necesidad, especialmente aquellos que carecen de agua y de comida. El hambre es un latigazo escandaloso en el cuerpo de nuestra humanidad y nos invita a sentir remordimiento de conciencia. Cuidar nuestra tierra es cuidarnos a nosotos, porque somos agua, aire, tierra, cielo, luz...

Esperanza en la resurrección: Somos hijos del evangelio del crucificado que ha resucitado. Los cristinanos no nos enterramos con nuestras vidas, sino que dejando nuestros restos mortales en el sepúlcro, sembramos nuestra vida en Cristo esperando resucitar con él. Por eso sentimos y creemos que la historia de la humanidad no termina con la muerte, que esta no tiene la última palabra, sino la vida.

Es la resurrección la que justifica toda la historia y le de sentido a todo lo vivido, llevándolo a la plenitud. Habrá justicia y salvación y eso nos mueve al compromiso de la construcción de un mundo mejor, elaborando los materiales del Reino de la Vida. Porque hoy el Señor resucitó y de la muerte nos libró. Aleluya.

jueves, 10 de abril de 2025

HOSANNA HEY

 




HOSANNA HEY

 

 

El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria. Hoy, en muchas de nuestras iglesias, también acudimos a recoger, como los niños hebreos, el ramo de olivo, muchas veces más por algo mágico, que por representación de una entrada triunfal de quien da la vida por nosotros.

Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

Sé de personas alejadas de la práctica dominical que, año tras año, toman parte en un viacrucis del Viernes Santo. Apenas mueven los labios. No sé si recuerdan ya alguna oración. Pero allí están en silencio entre la gente que hace el recorrido tradicional. Estoy seguro de que en el corazón de no pocos se despiertan sentimientos hace tiempo olvidados de arrepentimiento, agradecimiento y confianza en Dios.

Hace algunos años, un médico me decía que sólo asiste a la celebración litúrgica del Viernes Santo. Escucha con atención el relato de la Pasión y luego espera lo que, para él, es el momento culminante: cuando se descubre la cruz y el pueblo se acerca a besarla. Lleva años sin comulgar. Pero cada Viernes Santo se acerca puntualmente a besar la imagen de Cristo crucificado. ¿Qué pondrá este hombre en ese beso?

El sufrimiento deja al ser humano sin palabras. De nada sirven tas teorías ni las explicaciones piadosas. Ningún razonamiento es capaz de consolarlo. Lo primero que brota de un corazón dolorido es la queja, el gemido y la impotencia. Ninguna idea, ninguna palabra puede escamotear el escándalo del mal. 

De hecho, el Dios encarnado en Jesús no ha dado explicaciones sobre el mal. Ha hecho algo más: lo ha compartido. Hay dos actitudes básicas de Jesús ante el mal. Por una parte, lo ha combatido con todas sus fuerzas por verlo arrancado de la vida. Por otra, no se ha dejado bloquear por él y lo ha asumido hasta el final confiando plenamente en su Padre. Al grito estremecedor del «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», le ha seguido el «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.» Y Dios le ha respondido resucitándolo de la muerte.

Toda persona que sufre tiene derecho a quejarse ante Dios. Pero tendrá que hacerlo, no ante un «Dios apático», que se supone está en su cielo disfrutando de su eterna felicidad, sino ante ese «Dios crucificado» que ha compartido nuestro dolor e impotencia hasta la muerte. Tendrá que quejarse, no a un «Dios indiferente y lejano», sino a un Dios que, encamado en Jesús, se ha comprometido contra el mal hasta dar la vida. 

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Irak, sufre con cada episodio de guerra inútilmente injustificada, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicamos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros y esto lo cambia todo.

Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no sabemos redescubrir una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?

¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los crucificados. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado», no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, acercamos un poco más a los crucificados, semana tras semana.

 

Hasta la próxima

Paco Mira