Te comparas con una puerta, Señor, siempre abierta, y por la que se puede entrar y también salir. Para que entre me invitas con paciencia y me atraes con misericordia. Una vez que la paso, me ofreces tu amistad y me revistes con tu gracia. Notas si tengo la tentación de salir, y te acercas de forma discreta, buscando el diálogo para que te cuente lo que me perturba por dentro. Cuando me marcho no me cierras la puerta, y encuentro en mi bolsillo una brújula que me indica tu dirección, y que misteriosamente has puesto, por si vuelvo. Y cuando miro hacia arriba, en medio de mis vacíos, llenos de cosas inútiles, veo siempre la puerta abierta. Y oigo una voz misteriosa que me llama por mi nombre. La oigo entre tanto bullicio que tiene la vida. ¿Me sigues conociendo, le pregunto? ¿te acuerdas quién soy? Reconozco la voz de quien me ha enviado ese mensaje, que sigue diciendo: Nunca me he olvidado de Ti. Y a veces sigo mi camino, dando por acabada la conversación, enfrascado en mis cosas. Y vuelvo a mirar, y la puerta abierta, nunca cerrada y con cadenas. Nunca me cierres la puerta, Señor. Aunque al salir dé un portazo, vuelve a abrirla y repara el daño que haya podido causar a esa puerta. Pero nunca la cierres, ni de día ni de noche. Sigue mandando mensajes, como Tú sabes hacerlo: el que sale puede entrar de nuevo, sano o con heridas. Al llega no me pides cuentas, sino que lave las ropas en la fuente del Pastor eterno. Y si ya no tengo ni ropas, me le regarás unas nuevas. Sólo me pides una cosa, que mande mensajes en tu nombre a los de fuera, contando mi experiencia, e invitando a la fiesta, porque eres una puerta siempre abierta a la libertad humana e inmune a la soberbia. Gracias por ser hoy y siempre, no un muro, sino La Puerta.










