sábado, 30 de mayo de 2026

CANONIGO

 



Bendito sea Dios,


bendito su santo nombre.                          

               Quiero en esta mañana agradecer la deferencia de nuestro obispo don José de hacer posible, con el visto bueno del obispo auxiliar, del Cabildo Catedral y los vicarios este nombramiento. Tenía 33 años cuando don Ramón Echarren me hizo la propuesta de ser canónigo. En aquel momento hice renuncia porque no me parecía conveniente aceptar dicho cargo, que siempre ha tenido una dimensión de servicio, pero también un cierto sabor honorífico. Han pasado 30 años desde aquel momento y ahora se hace realidad. Entro como el último de la fila, hasta en puesto sobrante. No he tenido tiempo ni de tener ropa propia. La sotana que llevo y la esclavina es reciclada de uno que debía ser mi compañero en aquella época y que tomó posesión, ya fallecido, don Carmelo Rodríguez Ventura. El roquete de mi pisano don Cristóbal Pérez Rioduíguez. Llevarlos hoy es un honor y una responsabilidad.  La Catedral es la Iglesia madre de la diócesis donde se debe vivir la comunión eclesial de manera más evidente, cuidando de manera especial la liturgia que es el centro de la vida cristiana. El miércoles el santo padre León XIV en su catequesis nos invitaba cuidar la liturgia con la dignidad y respeto que merece en consonancia con el Concilio Vaticano II y de manera especial con la constitución sobre la divina liturgia.

La realidad actual de disminución de clero hace que los nombrados no podamos realizar nuestra función en todo momento por tener otras tareas a las que no podemos renunciar. Pero por ello no dejamos de tener una preocupación por el servicio a esta Iglesia Catedral a la que me comprometo a servir desde mis posibilidades. 

Agradezco a todos los que me acompañan en este día, desde familiares hasta personas venidas de distintas parroquias que me arropan esta mañana. 

Me encomiendo a santa Ana, la abuela del Señor. A San Antonio María Claret. A a los beatos sor Lorenza Díaz Bolaños, Fray Tomás Morales y Morales y Jacinto Vera Durán, que son verdaderas glorias de nuestra Iglesia diocesana.  Al Arcángel San Rafael y a san Pedo mártir de Verona, bajo cuya protección realizo mi encargo como párroco. Y sobre todo a la Madre de Dios, María Santísima, en su advocación del Pino.

Como si fuera un triduo preparatorio, la Palabra de Dios de estos días ha sido una llamada especial para mí. El miércoles el evangelio me invitaba a mirar a Jesús que no vino a ser servido sino a servir, no buscando puestos de importancia y reconocimiento.  Ayer me invitaba a decir eso de “aquí estoy  Señor para hacer tu voluntad”, en la fiesta del Jesús sacerdote. Hoy san Pedro me ha dicho que con el don recibido me ponga al servicio de los demás como administrador de la gracia de Dios. Y además el Señor me pide que su templo sea casa de oración, y que cualquier cosa que pida lo haga de tal forma que la crea ya obtenida. 

Sé que puedo contar con la oración de todos ustedes, y sepan que cuentan con la mía. Ojalá pueda poner un granito de arena más para que este templo siga siendo escuela de oración, lugar de celebración digna y hermosa, y reflejo de la vida de la diócesis, que se siente acogida, purificada, presidida y bendecida.

Bendito sea Dios, bendito sea su santo nombre.

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