¿Por qué no estabas Tomás cuando todos se reunieron? En el Huerto de los olivos huiste como todos. Pero al volver fuiste el último y casi empujado por el resto. Tal vez seas de esas personas a las que le duran demasiado las heridas de la vida, y les gusta regodearse con los desencantos; los cuentan muchas veces, lo vomitan por todas las esquinas. Cuántas personas hemos conocidos en nuestras comunidades cristianas que con el tiempo han desaparecido, incluso algunas habiendo realizado tareas de servicio. Algo les dañó el corazón, perdieron el entusiasmo, y cuando se les saca el tema responden con dolor manifiesto. Pero Tú esperas por todos, en especial por tantos bautizados que andan dispersos, confundidos, maleados, sin conocerte de veras.
Los que hemos experimentado la soberbia en la vida, sabemos lo peligrosa que es, lo que daña el entendimiento y lo que endurece el corazón. En esos momentos todo lo vemos oscuro, y todo lo interpretamos con negatividad, y rabia.
Creo, Señor, que cuando los discípulos lograron convencer a Tomás para que volviera, ya Tú, de manera misteriosa, habías hecho un trabajo previo en su corazón. Un trabajo del que no se dio cuenta, pero que fue efectiva medicina contra la soberbia que paraliza.
Dame, Señor, de forma preventiva, de esa medicina pascual, que, como vacuna, me ayude a prevenir posibles alejamientos, enfriamientos, y hasta decisiones incorrectas.
Líbrame del victimismo que me hace ver los problemas como más grandes, los roces humanos como más letales, o interpretar las cosas de manera fatalista. En previsión de esos posibles momentos ahora quiero ponerme de rodillas ante Ti, y decirte lo mismo que te dijo Tomás cuanto lo recuperaste con paciencia y amor: *Señor mío, y Dios mío.*HIGINIO

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