NADA DE MIEDO
Terminamos
este domingo la Octava de Pascua. Y lo hacemos con un panorama nada
satisfactorio: con puertas cerradas y con miedo. No solamente los primeros
cristianos, sino muchas veces también nosotros. Y esa cerrazón, quizás venga
muchas veces, porque la gente de la calle, la de a pié, no entiende nuestro
lenguaje, nuestra jerga, nuestro vocabulario. Como nosotros no entendemos
muchas veces el de la gente jóven. Toda esta semana hemos estado hablando de
resurrección y mucha gente (incluso cristianos de pura cepa) no entiende ese
lenguaje.
Cuando
Jesús se encuentra con los discípulos miedosos, es curioso cómo no les reprocha
nada, sino que la paz es Dios mismo que nos invita a un compromiso valiente,
que nos quita el miedo y nos empuja a salir de las dificultades; que demuestra
que Dios está a nuestro lado y que el mal y la muerte no tienen la última
palabra.
Pero
a su vez les, nos da el espíritu del perdón, espíritu que sigue creando vida.
Espíritu que sigue soplando sobre nosotros y nos hace portadores de vida,
porque cuando perdonamos llevamos al otro una nueva vida El perdón es
creatividad y nueva creación de Dios.
Pero Tomás se siente torpe y pasivo ante su amigo Jesús, no
estaba en la comunidad; se siente culpable de lo que podía haber hecho y no
hizo; siente que con Jesús muere el amigo y el mundo creado en su entorno: la
vida en la que él había puesto toda su confianza.
Jesús invita a Tomás a meter la mano en
su costado, que quiere pruebas del milagro. Como si Jesús se prestara gustoso a
sus condiciones, pero le confunde. No se nos dice que Tomás metiera la
mano en el costado de Jesús, sino que creyó, porque son mucho más importantes y
eficaces para creer, el afecto y la condescendencia de Jesús que las pruebas
objetivas. Lo que sana su tozudez y excepticismo, no son las llagas, sino la
actitud de Jesús de dirigirse personalmente a él y afrontarle en su sintonía
Las llagas de Jesús demuestran su
realidad, su vulnerabilidad, no es un fantasma. Nosotros borramos las heridas
del tipo que sean para no recordar los momentos traumáticos que las han
producido. Jesús las mantiene, aunque le recuerden la humillación y el
sufrimiento, porque son signos de amor y reconciliación para los discípulos. No
cambian el pasado, pero sí el futuro
Sus heridas curadas dejan
cicatriz, pero no rezuman amargura, sino luz. Perdonar no es olvidar, sino
recordar de otra manera. Es difícil, olvidar ciertas cosas de nuestra vida,
además no debemos olvidarlas, pero lo que nos constituye como personas reconciliadas
es cómo sentimos y tenemos curados en nuestra memoria esos hechos sangrantes de
nuestra vida. Necesitamos recordar para saber quienes somos, pero hacerlo de
manera sana, reconciliada en nosotros.
Tenemos que recuperar sin miedo
nuestra propia jerga: cuidar los espacios de oración, las enseñanzas del
Magisterio de la Iglesia que nos han iluminado a lo largo de la historia,
compartir el pan de la Eucaristía, acordarnos de los que más lo necesitan...
eso es lo que hacían los primeros Apóstoles, pero ¿nosotros?
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