sábado, 17 de octubre de 2026

Oración desde la luz del evangelio



 Señor, enséñame a distinguir tu moneda, y a no comerciar con ella. Tu moneda es el buen nombre de las personas, y nunca se me permite devaluarlo ni mancharlo. Tu moneda es la vida de los inocentes, y esa vida tengo que defenderla y hacerla digna. Tu moneda son los empobrecidos, y tengo que contribuir a ayudarlos de forma organizada y eficaz. Tu moneda es la familia y tengo que hacer lo que esté en mis manos para defenderla y que no se disperse. Tu moneda son los mayores a los que tengo que tratar con respeto, paciencia y dedicación. Tu moneda son las buenas personas que conozco y me invitas a no alejarme de ellas, cuidarlas y permitir que me corrijan cuando lo necesite. Tu moneda son los valores que me has dado y no quieres que los gaste inútilmente. Tu moneda el tiempo que puedo dedicar a los demás y que a veces distraigo en el tragaperras del tiempo perdido. Tu moneda es la naturaleza a la que tengo que contribuir a respetar con cariño y cuidado, como si fuera mi propia casa. Tu moneda la conciencia a la que no puedo empañar faltando a la verdad o a la honradez. Tu moneda es el silencio para que las palabras maduren y se cultive la vida interior. Tu moneda la limpieza en la mirada para que no se pervierta el corazón. Tu moneda a repartir son las palabras que construyen, pacifican y alientan. Tu moneda más valiosa en mis manos mi propia persona, mi cuerpo y mi alma. Y en mi persona, que es tu moneda, depositas tu mayor riqueza: Tu Cuerpo y tu Sangre. Cuando te recibo con dignidad en la Eucaristía, me siento la persona más rica y más afortunada del mundo. Que jamás pierda tu moneda, Señor, y que nunca se la entregue a nadie: sólo a Ti.

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