*El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en él.* Preciosa promesa nos has hecho Señor. Y esa promesa la convertiste en realidad en la vida de tantas personas que te han recibido. Puedo comer tu carne y beber tu sangre. Puedo hacerte mío, mientras Tú me haces tuyo. No vienes imponiéndote sino dialogando, acogiéndome, purificándome. Así como el alimento aporta vida de manera continua y sana, así recibirte aporta la verdadera vida que necesito. Cuando te recibo te das del todo, aunque yo no pueda acogerte del todo. Cuando te reservan en el sagrario me das la esperanza de que queda camino por andar juntos, y retos que asumir en tu compañía. Me gusta eso de caminar juntos; saber que en cada etapa de mi existencia tengo a Alguien a mi lado, del que me puedo fiar y del que puedo aprender. Alguien que no me fuerza, ni me desanima en mis errores, ni me corrige con saña. Alguien fuerte como Dios que eres, y Alguien débil a la vez que te dejas comer. Eres el pan de mi madurez, que me hace amar la vida y ver las cosas con tus ojos. Eres un pan que eres carne y conoces la mía. No te cansas de mí. A veces quiero caminar contigo. En otras me resisto o te impongo mi ritmo. En ocasiones no quiero caminar, y hasta he buscado otros caminos. Y Tú sigues esperando. Benditas las manos que amasan el pan en el que te haces presente. Benditos los que cuidan de tus altares, blanquean tus lienzos, los que aportan el vino, o hermosean tus calices. Benditos los que cada domingo se visten de fiesta y vienen a tu encuentro, como la cierva sedienta que busca corrientes de agua viva. Benditos los que invocan al Espíritu y pronuncian tus palabras y te permiten hacerte presente. Ojalá respondan los que llamas a esto. Que te reciba siempre como huésped bienvenido, con la piedad que mereces, con el cariño que te pueda dar mi alma. Que te reciba con la dignidad de los pobres y con el corazón lleno de adoración.

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