Señor, el viernes santo te obligaron a extender los brazos al crucificarte. Esa tortura en el fondo expresaba tu vida: brazos abiertos para todos. Hoy al subir al cielo los vuelves abrir, con las marcas de los clavos, pero revestido de gloria y de amor. Llevas al Padre tu humanidad, como primicia de la de todos. No te vas asqueado y avergonzado de lo que es capaz de hacer el ser humano, como el que huye después de haber sido maltratado. Te vas lleno de ilusión y esperanza por lo que podamos hacer con tu ayuda. Porque esta carne mía, contradictoria y pecadora, es capaz de escuchar, de comprender, de tener paciencia y misericordia, de compartir, y hasta de perdonar. Es capaz de grandes y pequeños sacrificios, de gestos de ternura y entrega silenciosa. Es una carne que, con tu ayuda, se puede levantar de los fracasos siendo más humilde y generosa. Puede auxiliar a quien ve derrotad. Puede purificar su mirada y limpiar su lengua. Es capaz de crear espacios de acogida, y de no estar siempre mirando hacia atrás con resentimiento. Es una carne capaz de escucharte y hasta de seguirte, y responderte con el amor que te pueda dar. Es una carne donde puede habitar tu Espíritu y hacer que madure la libertad. Es una carne que puede comer la tuya para que tu vida sea la suya. Hoy no le llevas al Padre eterno una lista con nuestros desaciertos. Hoy le alegras el corazón con la esperanza de que son muchos los que están haciendo el bien, y los que todavía podemos hacer más si nos sigues trabajando por dentro. Hoy, al abrazar al Padre y al Espíritu, abrazas con ellos a la humanidad. Gracias, Señor, por tu victoria.

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