Señor, qué atrevido eres. Te metiste en una conversación entre
dos personas, heridas y decepcionadas. Me admira tu pedagogía,
tu forma de abordar los problemas, tu respeto profundo al dolor
humano. Con una simple pregunta les dejaste que se
desahogaran, que te contaran sus esperanzas frustradas, sus
ilusiones desinfladas. Esperaste con paciencia que mostraran las
heridas de su corazón. Y cuando viste una puerta abierta a la
esperanza, empezaste a llenar sus corazones con la fuerza
poderosa de tu Palabra. Tú que curaste a un ciego de nacimiento
untando su barro con tu saliva, ahora diriges el sonido de tu voz
hacia el interior oscuro de unas personas a las que el viernes
santo se les llenó de tinieblas. Y poco a poco, fue apareciendo la
luz, surgiendo un poco de esperanza. No te reconocían todavía,
pero notaban verdad en tu mensaje: una mirada nueva sobre las
escrituras antiguas. Cuando parecía que te ibas de largo, lograste
que te abrieran las puertas de su casa. Sacaron de las alforjas el
pan que les quedaba y te lo ofrecieron a Ti el primero. Era el pan
que quedaba de la pascua. Y por las palabras que pronunciaste
sobre ese pan, y por la forma en que lo partías y repartías,
terminaron reconociendo el poder de tu pascua. Y despareciste,
para encontrarte con otros, y con otros, en tantos caminos que
llevan a la desesperanza y que rozan los infiernos. Y esperas
paciente, estudiando el terreno, meditando, con el Padre Eterno
y en Santo Espíritu que te avisa, la llegada de nuevos caminantes,
y la mejor forma de abordarlos. En ese camino eterno de Emaús,
espérame también a mí y a todos, Señor, con el sonido de tu
Palabra y con tu partir el Pan.

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