jueves, 19 de febrero de 2026

 Cada viernes de Cuaresma vuelve la misma pregunta:


“¿Pero el pescado no es carne?”


Y muchos creen que es una simple regla antigua sin sentido.


La abstinencia de carne no es un capricho alimenticio. Es un acto penitencial. La Iglesia nos pide no comer carne los viernes de Cuaresma porque la carne, tradicionalmente, ha sido símbolo de fiesta, abundancia y celebración.


El viernes es día de memoria: recordamos la Pasión y Muerte del Señor. No es día de banquete. Es día de sobriedad.


Por eso la Iglesia establece la abstinencia de carne, pero permite el pescado. No porque el pescado “no sea carne” biológicamente, sino porque históricamente no era considerado alimento festivo, sino más sencillo y austero.


La norma está recogida en el Código de Derecho Canónico (c. 1251), que establece la abstinencia de carne los viernes, especialmente en Cuaresma.


Pero cuidado: el sentido no es cambiar un bistec por un festín de mariscos. Si el “pescado” se convierte en lujo, ya se perdió el espíritu.


La abstinencia busca educar el corazón. Nos recuerda que el cristiano no vive solo para satisfacer deseos. Aprendemos a renunciar libremente por amor.


Como ha recordado el Papa León XIV, la penitencia cristiana no es exhibición externa, sino camino interior que nos une al sacrificio de Cristo.


La verdadera pregunta no es:

“¿Puedo comer esto o aquello?”


La pregunta es:

“¿Estoy dispuesto a ofrecer algo por Aquel que lo dio todo por mí?”


Porque el viernes no es solo un día sin carne.

Es un día para amar más.

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