Te vas al desierto, Señor, apagas los ruidos externos y te oyes por dentro. Te descubres en paz, sin añadidos ni artificios. Pero al rato aparecen voces que quieren perturbarte, encandilarte y hasta atraerte. Son voces que te quieren poderoso, con recursos necesarios y sin grandes problemas que solventar. Son voces atractivas, hasta con pinceladas de humor: tan poderoso que, cayendo por un gran precipicio, te sientes rescatado y protegido. Y a cambio se te pide bien poco: vender tu libertad al maligno. Total, si otros le adoran, y parece que les va bien, por qué no lo haces Tú también. En este mundo venimos, según esas voces, para disfrutar al máximo, para comernos el mundo. Y si hay fracaso, que sea para otros. Y si hay problemas, que tengamos los mínimos. El que quiera éxito que lo tenga. El que quiera pasar desapercibido que nunca le falte de nada. El otro interesa poco, o sólo un rato. Al que tiene problemas que lo cuiden los que pueden; yo con lo mío tengo. Sólo si me sobra algo de mi disfrute le daré de lo sobrante. Señor, ¿por qué no te dejaste convencer? ¿Por qué no hiciste lo que hace todo el mundo? Creo que Tú escuchabas una voz con una frecuencia especial que te invitaba a vivir de otra manera. Una voz que escuchabas cuando había silencio. Una voz que trasmite ternura, que habla de lo eterno, que sacaba de Ti lo mejor y más bello. Tus discípulos te veían ir de noche a escuchar esa voz, y cuando te lo preguntaron dijiste que era la voz del Padre. Y esa voz apagó la del maligno. Ganaste, Señor, la guerra más fuerte que emprende cada persona: la de la libertad. Ella sólo se puede entregar a Dios, que es el único que la custodia, la bendice y la multiplica. ¿Me ayudará, Señor, en esta cuaresma a recuperar algo de mi libertad perdida?

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Tu opinión es importante.
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.