viernes, 19 de enero de 2018

PERO... ¿ QUÉ ESTÁS HACIENDO?... PESCANDO


Hay ciertas expresiones en el lenguaje cotidiano que nos pueden llevar a malinterpretar lo que queremos decir, porque probablemente "no estamos en la onda". Pero es más: hay expresiones que
 carta
parecen tener más sentido cuando lo dice un determinado grupo de gente que en función de la edad es la que nos da la pauta de lo que decimos y de cómo tenemos que decirlo. Últimamente parece que se ha puesto de moda el verbo pescar. No es un verbo nuevo, pero la gente joven normalmente cuando uno está distraído, o mirando para otra parte, o está a lo suyo.... "está pescando". Incluso el estar pescando parece que puede ser hasta despreciativo.
Pero pescar no es nuevo, aunque la gente joven no se lo crea: ¡quien no pescó un resfriado!; ¡qué policía no ha pescado a un chorizo!; ¡qué joven no pescado novio/a!... ya ven que hay expresiones no nuevas que a veces las renovamos para creer que son innovadoras.
Este fin de semana el evangelio nos habla de pesca. Los pescadores son aquellos hombres rudos que lo son, porque el medio en el que se desenvuelven así quieren que sea: frío, viento, soledad, lejanía de seres queridos, sueldos que a veces no se corresponden con el trabajo realizado... y Jesús habla de hacer "pescadores de hombres". Siempre me ha llamado la atención esta frase: echar el anzuelo y esperar que piquen.
Si en la gente joven pescar es "andar en su mundo", creo que el reto de este fin de semana es precisamente lanzar el anzuelo en el mundo en el que vivimos; lanzar el anzuelo en un mundo donde la fuerza y el ruido del oleaje cotidiano contrasta con la paciencia y tranquilidad de quien aguanta la caña para poder salir airoso de lo que busca.
Pero claro podemos preguntarnos, ¿dónde tenemos que pescar?, ¿dónde está ese muelle, esas piedras adecuadas a lo que queremos para poder sacar lo mejor de ese mar que nos alimenta. Dios elige en medio de la cotidianidad, en el entorno de la vida ordinaria. Así lo hizo con Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Lo extraordinario para Jesús es hacer lo ordinario de manera extraordinaria, es decir, inundando todo lo que somos y hacemos con la sabiduría del Reino y con el espíritu de las bienaventuranzas. Si hay algún lugar teológico especial para discernir la llamada de Dios a ser compañeros o compañeras es la vida que se entrega día a día en el servicio silencioso, pobre y humilde a las personas con quienes construimos la historia y en el compromiso con las causas justas que son las que hacen posible que, aún en medio de la noche, brille el lucero del alba. El anzuelo no es engañar a nadie, sino que el anzuelo es el propio evangelio que anuncia el Reino de conversión y de creencia.
Pero el texto sigue siendo muy claro. Tan claro que nos aporta cómo tiene que ser nuestra respuesta.
Dice el Evangelio que los primeros discípulos, al recibir la invitación de Jesús, lo dejaron todo y le siguieron sin dilación. Es cierto que los discípulos de la primera hora no tenían muchas cosas y desprenderse de poco cuesta menos. Nosotros vamos llenando nuestras mochilas de tantas cosas que hacen pesado nuestro sí y lenta nuestra disponibilidad. El desafío de la misión a la que Jesús nos llama requiere de hombres y mujeres de sí generoso y oportuno. Son muchos los lugares que requieren, aquí y ahora, artesanos de vida, de paz y compasión y, sin duda, muchos de nosotros podemos ser uno de ellos si nos decidimos a dar el primer
paso, a salir de nuestros lugares de confort, a asumir el riesgo de ser portavoces de un proyecto contracultural y, sobre todo, a dejar moldear nuestro corazón por el Señor para recobrar, junto a Él, la armonía de la canción.
Creo que entre las lecturas de la semana pasada y las de este podemos sacar conclusiones muy claras: en la semana pasada Samuel acabó escuchando la voz de Dios. En esta semana, una vez escuchado, dejaron todo y le siguieron. Dios sigue llamando en nuestra pesca, en nuestro mundo, en nuestras situaciones concretas, No es el mago que saca el conejo de la chistera, es el que toca la fibra sensible de quien está dispuesto a dejarse interpelar.
Hasta la próxima
Paco Mira

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