Recibo, Señor, con agradado y responsabilidad la invitación de tu apóstol Pedro: Glorifiquen a Dios en sus corazones y estén dispuestos con prontitud a dar razón de su esperanza a quien la pida. No tengo, Señor, sino motivos para alabarte y glorificarte. Lo hago desde el convencimiento continuado de tu protección constante, de tu amor sin fisuras, y de esa misericordia que arregla tantas averías de la vida. Y quiero desde este convencimiento personal que otras personas te conozcan, te disfruten, y encuentren contigo sentido a sus vidas. Me pides que lo haga con mansedumbre y con elegancia, sin polémicas innecesarias, sin posturas agresivas, aunque sin renunciar a la verdad. Reconozco, Señor, que no siempre lo sé hacer, manteniendo el tipo y usando un talante adecuado y constructivo. Habla tu apóstol en tu nombre de que es mejor padecer haciendo el bien y nunca haciendo el mal. No siempre estoy calmado ante las injusticias y sereno ante las mentiras. Oigo tantos mensajes interesados y llenos de odio que tengo la tentación de responder en la refriega con el mismo tono y la misma contundencia; sería entonces un acto de desahogo, pero no de inteligencia. No nos dejes desamparados, Maestro bueno, sino asístenos siempre con el Espíritu de la verdad. Que Él nos dé constancia en la dificultes, madurez en los conflictos, fortaleza para pasar página en las refriegas tenidas, inteligencia emocional, capacidad de compasión ante el dolor humano, y un botiquín de misericordia ante los que aparecen heridos y maltratados. Que te ame guardando tu palabra y aguardando tu consuelo. Sigue viniendo a nosotros, Señor.

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