viernes, 16 de febrero de 2018

CUARENTA DÍAS, ¿PARA QUÉ?

CUARENTA DÍAS, ¿PARA QUÉ?
          
 carta
  No se crean que la pregunta que encabeza esta reflexión es "baladí", es decir que no tiene sentido. He traducido la palabra Cuaresma, por si alguno de los que me leen no entiende bien lo que quiero decir. Es más: estos días en que le damos patadas al lenguaje y al diccionario pero a altas esferas (portavozas, por ejemplo), justificando ciertas reivindicaciones, no quiero por ello que la palabra cuaresma sea de las que se meta en el mismo cajón que las demás.
            El otro día alguien me preguntaba y me decía que si la ceniza era de los cigarros que los curas - los que lo hacían - fumaban. En un principio me lo tomé como algo que entraba dentro de las bromas que hacia la religión se suelen dar, pero resulta que no: era algo absolutamente en serio. Pensaban que el inicio de la cuaresma se hacía con los restos de la ceniza que se recogía de varios ceniceros por ahí delante, en algunas casas parroquiales, o no sé en donde.
            Siempre he dicho que la Iglesia es una gran pedagoga. Quizás la más grande de todas, porque entre otras cosas tiene que dar a entender a través de gestos y símbolos aquello que es un misterio y que no se puede entender con la simple palabra: ¡qué hermoso y maravilloso es que a través de una ceniza, de un simple polvillo... se nos haga ver la pequeñez, lo simple y sencillos que somos, lo frágiles y poco altivos que tenemos que ser!.
            Cuarenta días de peregrinación. Cuarenta días de desierto, cuarenta días de interiorizar aquello que probablemente otros se lo tomen con la suficiente frivolidad para no darle la importancia que para nosotros tiene que tener y que no siempre tiene. ¿Saben?. A veces uno le gustaría volver a los tiempos del judaísmo primitivo en que los sacramentos - lo que hoy son para nosotros - se daban y recibían después de un proceso de interiorización largo en el que la comunidad de referencia de acogía, te animaba y servía de referencia.
          
  Si eso es así, podremos en la actualidad  entender el por qué de cuarenta días. Podrían ser diez, dieciocho... pero son los que son, porque las cosas importantes se preparan con tiempo, sin prisa y con calma. Un tiempo en el que los ingredientes son muy sencillos. La mochila no tiene que ir excesivamente cargada.
            Por un lado el AYUNO. Vivimos en la sociedad de la gran tecnología. En la sociedad en que el tener puede más que el ser y el privarnos de cosas no va en nuestro pack de cada día. Probablemente el AYUNO no es tanto pasar hambre, porque eso va en contra de los principios del propio Dios. Pero de qué cosas puedo prescindir en esta vida. Probablemente de muchas que no me hacen falta. Y si aligero la mochila, seguro que camino mejor estos cuarenta días que me quedan para la fiesta principal.
            Por otro lado la LIMOSNA. ¡Qué fácil, cuando uno tiene dinero, es escoger a los que tengo que ayudar!.¡qué fácil es que la gente dependa de mí, pero yo no dependo de nadie!. Solo el que se siente necesitado sabe entender la ayuda que otros necesitan. Dar limosna no es dar de lo que me sobra sino compartir lo que tengo con aquel que le hace falta.
            También habrá que ABSTENERSE, pero ¿de qué?. Creo que no hay una fórmula unánime que nos permita que todos ayunen, den limosna y se abstengan de la misma manera. Creo que tenemos infinidad de cosas que no nos hacen falta para el camino. Un camino que va a estar lleno de dificultades, de piedras que obstaculizan que los cuarenta días sean los mejores.
            Antes se decía, que éramos polvo... ahora se nos dice que nos convirtamos y creamos que el mensaje de Jesús es el válido, es el que nos hace coger sentido en la vida que recorremos. Convertirse es volver a empezar de nuevo, es sentirnos como la ceniza, polvo que llevada por el viento es capaz de llegar a todos los lados, pero para ello hay que ser conscientes de la humildad de la ceniza.
            Cuarenta días, ¿para qué?: para preparar la gran traca final de la Pascua. Para llegar a la gran fiesta que hace que los cristianos nos demos cuenta que tenemos un hueco en la vida y que nuestro mensaje no ha acabado el viernes santo, sino el domingo al alba, con la luz.
            Déjenme que les diga, Feliz Cuaresma.
            Hasta la próxima
            Paco Mira



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